19 de julio de 2026

La debilidad de la fuerza



Juan Bosch frente a las guerras de nuestro tiempo

Hay textos que envejecen y otros que parecen quedarse esperando, pacientemente, a que la historia vuelva a encontrarse con ellos.

Hace algún tiempo publicamos en Domingo LaRevista un escrito de Juan Bosch titulado “La debilidad de la fuerza”. Lo releímos ahora, en medio de un mundo nuevamente estremecido por las guerras, y sentimos que aquellas palabras escritas hace más de sesenta años todavía tienen algo que decirnos. Quizás mucho.

Bosch reflexionaba entonces sobre la Revolución Dominicana de abril de 1965 y la intervención militar de los Estados Unidos. Pero detrás de aquel acontecimiento concreto quedó planteada una idea mucho más amplia y profunda: la fuerza, por poderosa que parezca, tiene límites.

Y, mirando lo que ocurre hoy en el mundo, especialmente la guerra que enfrenta a Estados Unidos e Israel contra Irán, resulta difícil no volver sobre aquella reflexión.

No pretendemos comparar acontecimientos históricos distintos ni trasladar mecánicamente una realidad de 1965 al presente. La historia nunca se repite de la misma manera. Pero algunas conductas humanas sí parecen repetirse. Una de ellas es la antigua tentación de creer que quien posee más armas necesariamente posee toda la razón, todo el poder y, finalmente, la victoria.

Y es ahí donde Juan Bosch vuelve a interpelarnos desde la distancia: “La fuerza nunca es tan fuerte como creen quienes la usan”.

Quizás esa frase sea el mejor punto de partida para mirar, con serenidad y sin apasionamientos, algunos de los conflictos que estremecen hoy a la humanidad.

La fuerza no siempre significa victoria

Bosch desarrolló aquella reflexión a propósito de la Revolución Dominicana de abril de 1965 y de la intervención militar de Estados Unidos.

Su razonamiento partía de una realidad histórica: los acontecimientos humanos no pueden medirse solamente contando soldados, aviones, barcos, cañones o bombas.

Hay fuerzas que no aparecen en los inventarios militares.

La voluntad de resistir.

La identidad nacional.

La memoria histórica.

La cohesión de un pueblo.

La capacidad de soportar sacrificios.

Y, sobre todo, la determinación de no aceptar que otro decida su destino.

Por eso Bosch afirmaba que una revolución tenía su fuerza “en el corazón, en el cerebro de las gentes”.

Aquella idea puede trasladarse, con las diferencias necesarias, a muchos conflictos de nuestro tiempo.

No porque una guerra entre Estados sea igual a una revolución —el propio Bosch hacía esa distinción—, sino porque existe un principio común: la superioridad material no garantiza por sí sola el dominio político, social ni histórico del adversario.

Irán y una pregunta que vuelve

La guerra iniciada el 28 de febrero de 2026 por Israel y Estados Unidos contra Irán nos coloca nuevamente frente a esa antigua paradoja.

No estamos hablando de fuerzas equivalentes.

Estados Unidos posee la maquinaria militar más poderosa del planeta. Israel, por su parte, dispone de unas fuerzas armadas altamente tecnificadas, una extraordinaria capacidad de inteligencia y una larga experiencia militar.

Irán ha recibido golpes severos.

Ha sufrido ataques contra instalaciones estratégicas, infraestructura y objetivos militares. Ha perdido figuras importantes de su estructura política y militar. La presión económica y militar ha sido enorme.

Sin embargo, meses después del inicio de la guerra, una realidad resulta difícil de ignorar: Irán no ha sido derrotado.

Ha continuado resistiendo y respondiendo militarmente, conserva capacidad para lanzar misiles y drones y mantiene capacidad de presión sobre un punto estratégico para la economía mundial: el estrecho de Ormuz.

Los acontecimientos de julio muestran precisamente que, después de meses de ataques y de un frágil intento de alto el fuego, las hostilidades han vuelto a intensificarse.

Esto no significa afirmar que Irán haya ganado la guerra. Sería demasiado temprano —y poco responsable— decirlo.

Significa algo diferente: la superioridad militar de sus adversarios no ha sido suficiente, hasta ahora, para imponer una victoria política definitiva.

Y ahí vuelve Bosch.

Cuando el fuerte descubre sus límites

La historia está llena de grandes potencias que ganaron innumerables batallas y, sin embargo, no consiguieron alcanzar plenamente sus objetivos políticos.

Vietnam constituye quizás uno de los ejemplos más conocidos.

Estados Unidos poseía una superioridad militar incomparable frente a Vietnam del Norte y las fuerzas del Viet Cong. Lanzó millones de toneladas de bombas y desplegó cientos de miles de soldados. Pero terminó retirándose.

Décadas después ocurrió algo semejante en Afganistán.

Veinte años de presencia militar, enormes recursos económicos, tecnología avanzada y miles de operaciones militares no lograron construir un orden político capaz de sostenerse cuando las tropas extranjeras abandonaron el país.

Esto nos lleva nuevamente a la pregunta de Bosch: ¿Qué tan fuerte es realmente la fuerza?

Porque destruir es una cosa. Dominar es otra. Y convencer es algo todavía más difícil.

Se puede destruir un puente. Se puede bombardear una instalación.

Se puede eliminar a un comandante. Se puede ocupar temporalmente un territorio.

Pero ninguna bomba puede destruir fácilmente la identidad de un pueblo, su memoria histórica o su voluntad de resistir.

Bosch lo comprendió profundamente. El peligro de confundir poder con fuerza

Uno de los mayores errores de las grandes potencias ha sido creer que poder y fuerza son exactamente la misma cosa. No lo son.

La fuerza militar es una forma de poder. Pero también existe el poder económico, diplomático, político, cultural y moral.

Y existe algo todavía más difícil de medir: la legitimidad.

Una nación puede ganar una batalla militar y perder apoyo internacional.

Puede destruir al enemigo y al mismo tiempo multiplicar el resentimiento.

Puede demostrar una enorme capacidad bélica y terminar creando nuevas generaciones dispuestas a continuar el conflicto.

Bosch advertía precisamente sobre esa paradoja cuando analizaba la intervención estadounidense de 1965.

Escribió una frase que todavía merece ser meditada: “La fuerza nunca es tan fuerte como creen quienes la usan”.

Quizás pocas expresiones expliquen mejor algunos conflictos de nuestro tiempo.

La resistencia también tiene límites

Sin embargo, sería un error interpretar estas reflexiones como una exaltación romántica de la guerra o de la resistencia armada.

También los pueblos que resisten pagan precios terribles.

Mueren soldados.

Mueren civiles.

Se destruyen ciudades.

Se paralizan economías.

Las familias pierden hijos, padres y hogares.

La guerra nunca debería convertirse en espectáculo ni en motivo de celebración.

Por eso la verdadera enseñanza de Bosch no consiste en decir que el débil siempre vence al fuerte.

Es mucho más profunda: la fuerza militar tiene límites cuando pretende resolver problemas cuya naturaleza es política, histórica, social o nacional.

Una bomba puede destruir una instalación. Pero no puede negociar.

Un misil puede alcanzar un objetivo. Pero no puede construir la paz.

Un ejército puede conquistar territorio. Pero difícilmente puede conquistar la conciencia de un pueblo.




De Santo Domingo a nuestro tiempo

En 1965, Estados Unidos desembarcó decenas de miles de soldados en una pequeña nación del Caribe. La desproporción militar era absoluta.

Sin embargo, más de seis décadas después, cuando los dominicanos recordamos aquella guerra, no recordamos solamente los tanques, los helicópteros ni los soldados extranjeros. Recordamos también a un pueblo que defendió su soberanía y su derecho a decidir su destino.

Eso es precisamente lo que Bosch intentaba explicar. Hay dimensiones de la historia que no pueden medirse mediante estadísticas militares.

Por eso escribió que los fenómenos históricos tienen fuerzas que ningún computador puede calcular completamente. Son fuerzas que viven en la conciencia humana.

La debilidad de la fuerza

Al observar hoy la guerra que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán, convendría recordar aquella vieja reflexión de Juan Bosch.

La enorme superioridad militar puede destruir mucho. Puede causar daños inmensos. Puede modificar temporalmente el equilibrio de fuerzas.

Pero mientras después de cada bombardeo sea necesario volver a bombardear; mientras después de cada victoria anunciada el adversario continúe respondiendo; mientras después de meses de guerra todavía no exista una solución política estable, habrá que preguntarse si la fuerza, por sí sola, está resolviendo el problema o simplemente prolongándolo.

Tal vez esa sea una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: cuanto más poderosa se vuelve la capacidad humana para destruir, más evidente resulta su incapacidad para construir por medio de la destrucción una paz duradera.

Juan Bosch lo advirtió hace más de sesenta años. Y su pensamiento parece hablarnos desde 1965 hasta nuestros días: la fuerza tiene poder, pero también tiene límites.

Y cuando una nación confía exclusivamente en ella, puede llegar un momento en que su aparente fortaleza comience a revelar precisamente su mayor debilidad.

Porque, al final, la verdadera victoria no consiste solamente en vencer al adversario en el campo de batalla, sino en hacer innecesario seguir combatiendo.

Quizás ahí resida, en toda su profundidad, la debilidad de la fuerza.

Domingo Núñez